A los ocho, nueve, doce y catorce años, no había nada más emocionante para mí que correr a la biblioteca cada lunes por la noche, mi hermano siempre delante para llegar primero. Una vez dentro, la vieja bibliotecaria (siempre fueron viejas en mi niñez) sopesaba los libros que yo llevaba y mi propio peso, y desaprobando la igualdad (más libros que chico) me dejaba correr de vuelta a casa donde yo lamía y pasaba las páginas.

("Fuego brillante, posfacio de Fahrenheit 451", Ray Bradbury, 1993)

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