Lo que solía suceder era esto. Un conde, pongamos, tenía un heredero, un primogénito. Hasta aquí, muy bien. Uno siempre puede apañárselas con un heredero. Pero después -estos condes nunca sabe cuándo han de parar- tenía -irreflexivamente, por así decir- un segundo heredero, y esta vez la cosa ya no le complacía tanto. Y sin embargo, allí estaba: requiriendo su ración diaria de calorías igual que si fuese el primero en el orden sucesorio.

(P.G. Wodehouse en "Joy in the morning", 1934)

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